miércoles, 17 de enero de 2018

BISONTE EUROPEO (Bison bonasus)

EL BISONTE REAPARECIDO en BIALOWIEZA
  Desde niño, una de mis grandes aficiones siempre ha sido el conocimiento de la fauna que nos rodea y un especial interés por aquellas especies ya extinguidas. Así que no fue de extrañar que al visitar por primera vez las originales pinturas rupestres de Altamira en 1972 quedara completamente asombrado, como les ocurrió a sus descubridores cien años antes en 1879, la niña de ocho años de edad María y su padre Marcelino Sanz.

Estas magníficas representaciones de bisontes, pintados de una forma tan realista, y artística, me confirmaron así su existencia en la Península Ibérica 14.000 años atrás dentro del Magdaleniense.

Muchos años después y con ese aumento de información cultural que progresivamente nos fue llegando, pude enterarme de la existencia de algunos ejemplares vivos en Europa, entonces casi extinguidos.
Primero por la desforestación: las intensas talas por el uso de la madera y la liberación de la foresta para la conversión del hombre como agricultor y ganadero.
La caza excesiva: con el tiempo y aunque parezca contradictorio llegó a protegerlos, por un decreto que prohibió su captura, reservándola solo para la realeza.



Esta normativa estuvo en vigor hasta la Primera Guerra Mundial, pero durante este terrorífico conflicto estos animales sirvieron para alimentar a los soldados y las poblaciones huidas y escondidas en los espesos bosques de Lituania, Polonia y Rusia.

Yo aún no conocía que los bisontes estuvieron presentes desde los bosques cántabros y navarros hasta gran parte de Rusia, o que el último Bisonte de nuestra Península fue muerto en el siglo XII. Solo conocía su presencia en América del Norte, así que fue un estupendo y regocijante descubrimiento para mí.

Pronto conocí los planes de recuperación de este formidable animal. En 1923 se instituyó en Polonia la “Compañía internacional de Defensa para el Bisonte” apoyado por la ONU en 1966 por ser especie protegida en peligro de extinción.

Hoy día, como fotógrafo de naturaleza, no podía ignorarlo y decidí buscar esta especie en Polonia en la Reserva Nacional de Bialowieza, junto con cuatros compañeros de “armas” que tenían el mismo objetivo.

Hacía muy poco que en España se estaba consiguiendo su reproducción en una localidad palentina de San Cebrián de Mudá, traídos de esta reserva, yo quería asegurarme de fotografiar ejemplares de edad, de gran tamaño, imponentes, su máxima representación.


Sabíamos que normalmente se agrupan las hembras, crías y jóvenes machos en pequeñas manadas, pero los grandes machos, más solitarios, en reducido número; alguna pareja o poco más.
A todos nos interesaban los ejemplares más grandes, por lo que debíamos buscarlos en el oscuro bosque caducifolio, cosa nada fácil por su gran espesura sin despreciar los claros, donde en ciertas ocasiones salen a pastar, a diferencia del bisonte americano que lo hace habitualmente en las interminables praderas de aquel continente.


El guía local, con extrema precaución, equipado también con su cámara, nos llevó a un claro donde solía verlos en algunas ocasiones, al no encontrarlos proseguimos su búsqueda realizando un recorrido circular por el bosque, donde teóricamente debían estar escondidos. Encontramos sus huellas, escarbaderos y rascaderos, apreciando su pelaje marrón arrancado por la rugosidadades de las raíces de un árbol caído, pero no dábamos con esos enormes bultos obscuros entre la espesura, Continuaríamos la búsqueda al siguiente día.

Estaban adaptados a encontrar su alimentación en el bosque, especialmente en los abedules, donde comían sus hojas, corteza, lo mismo que césped, líquenes, hierbas bajas, raíces e incluso setas, así que era allí dentro donde debíamos descubrirlos, con el inconveniente para el fotógrafo por la escasa luz, la espesura y las nubes que ocultaban la luz del Sol durante toda nuestra corta estancia.

Comenzaba a clarear cuando partimos con el todo terreno de un nuevo guía por el parque, caminos de tierra repletos de profundas huellas completamente congelados. Esto nos facilitaba nuestro avance eludiendo el barrizal.
En algunas paradas los prismáticos del guía oteaban los rincones del bosque, donde suponía debía encontrarse alguno de estos solitarios bisontes. En los prados cosechados algunos rollos de heno habían sido degustados por los bisontes, prueba evidente que acostumbraban a frecuentar aquel territorio.

En cierto momento nuestro guía para el coche, mira con los prismáticos y descubre un ejemplar, nos lo comunica en silencio, por señas. Entusiasmados bajamos del vehículo con el equipo y silenciosamente lo seguimos.

Al fondo, en un rincón del bosque junto a un prado, un enorme bulto oscuro nos miraba inmóvil. Debíamos encontrarnos a unos trescientos metros del animal.

Pegados al bosque, sigilosamente, fuimos acercándonos. De vez en cuando parábamos para disparar las cámaras, apoyados en los trípodes poco extendidos, acortando cada vez la distancia que nos separaba de este ungulado, que pastaba sin perdernos de vista.

Cuando nos acercamos a unos cien metros del animal, lentamente fue desapareciendo dentro de una estrecha franja del bosque que lindaba a un gran prado. Nuestro guía nos hizo una señal y agachados y en silencio salimos al claro, mientras nos indicaba con los dedos que eran dos bisontes.


El prado, completamente inundado y totalmente congelado, crujía bajo nuestras botas. Arrodillados sobre la escarcha y el hielo, apoyados en nuestros trípodes, esperamos que los animales salieran del bosque y nos mostraran sus magníficas siluetas.
Cada uno tomó una posición para la espera. Emocionado mi dedo índice, desnudo, acariciaba el obturador algo impaciente y nervioso. 

Una cabeza marrón con cuernos, más bien cortos, apareció de la espesura, seguido de un voluminoso cuerpo de casi tres metros. Debía de pesar unos 900 kg. Tenía las patas más largas que el americano, su cruz que se alzaba unos dos metros, más alto que el americano, con pelaje algo corto y pardo y cierta giba. Nos lanzaba miradas pausadas y atentas, pero no le debimos parecer peligrosos, porque continuó avanzando hacia el centro del prado congelado. Ahora las cámaras echaban humo.

Poco después apareció el compañero, que siguió las mismas pautas del primero. No se si mi mano derecha, desnuda, temblaba de frío o de la emoción. Eran como los retratos pintados por aquellos geniales artistas en Altamira. ¡LO HABÍAMOS CONSEGUIDO!


lunes, 1 de enero de 2018

GARZAS DE LA ALBUFERA EN VALENCIA

ARPONERAS DE LA ALBUFERA

Cuando oteamos con nuestros prismáticos, o mejor aún, con un telescopio terrestre los márgenes de la Albufera o los propios arrozales  muy pronto descubriremos serie de aves de esbelto porte, que con sutiles movimientos cazan y pescan con extraordinaria eficiencia arponeando a sus presas. Son las garzas, la familia de las Ardeidae.

Como ocurre frecuentemente en algunas de las aves algunas tienen hábitos nocturnos, lo que las hace más difícil de descubrir, pero con un poco de suerte un buen  número de las diurnas  nos regalarán estupendos ratos de observación que nunca olvidaremos.

Estas eficaces y terribles depredadoras buscan en el agua, en las ciénagas de los humedales y campos, o también en los terrenos recién labrados, cualquier animal que puedan tragar: peces, anfibios y reptiles que logren atrapar, completan su dieta con pequeños mamíferos, pequeñas aves, crustáceos, moluscos, insectos y lombrices.
Son excelentes controladoras del cangrejo americano que perforan los márgenes de los arrozales, causando hundimiento en los caminos agrícolas, o de aquellos peces que atrevidamente penetran en los arrozales y desenraízan las jóvenes plantas.
Algunas inteligentemente se posan sobre los soportes de las redes de pesca para arponear los peces que tropiezan con ellas, facilitando su alcance.



También aprovechan los momentos de fangueo en los campos de arroz para atrapar todo aquel ser vivo que destapen los tractores.

Si empezamos por las de costumbres diurnas, tendremos que nombrar a la más grande: la Garza real (Ardea cinerea), que con pose escultural pronto la localizaremos en las orillas de las acequias, cañaverales, humedales o sobre posaderos protegidos por el agua.
Conuna longitud del pico a la cola de casi 100 cm. y una envergadura de 170 cm. y con su vuelo pausado, alas arqueadas, patas estiradas y su cuello recogido, la convierten en un ave impresionante.



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Continuaremos con la Garceta grande (Egretta alba), poco abundante, pero muy fácil de distinguir por su color blanco y gran tamaño, casi como la real, y poco confundible con con la Garceta común de menor tamaño y pico y patas oscuras .
Su longitud es de unos 100 cm. y una envergadura de 170 cm.
Es bastante esquiva como la imperial, y por ello le gusta también los espacios abiertos.

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Le sigue la Garza imperial (Ardea purpurea), más difícil de encontrar al no ser tan abundante.
Tiene una longitud de 90 cm. y una envergadura de 140 cm. y en vuelo podríamos confundirla con la real al ser más oscura.
Siempre la he encontrado en espacios abiertos, entre las matas de arroz, posiblemente por que entre los cañares pasa más desapercibida.



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La Garza común (Egretta garzetta) seguiría por este orden de tamaño en las diurnas.
Con una longitud de 65 cm. y una envergadura de unos 95 cm. pronto resalta entre otras aves que rondan el humedal por su inmaculada blancura que contrasta con su pico y patas negras. Su esbeltez la destaca entre las concentraciones de gaviotas, también blancas, tras los tractores que fanguean.





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Así que ahora veremos, la Garcilla bueyera (Bubulcus ibis) parecida a la anterior, algo más rechoncha, de cuello menos esbelto con pico y patas coloreadas al igual que el píleo (parte superior de la cabeza) pecho y manto, que toman un tono dorado anaranjado en época de cría y la distingue de la Garceta común. Fuera de la Albufera suele ir al lomo del ganado mientras pastan esperando que estos levanten los insectos.
Su longitud es de unos 50 cm. y 95 cm. de envergadura.


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Esta será la última, la Garcilla cangrejera (Ardeola ralloides), la más pequeña de las diurnas, con 47 cm. de longitud y 90 cm. de envergadura. En época reproductor su pico queda azulado, graciosas plumas alargadas en la nuca y adquiere su manto un hermoso ocre dorado. Fuera de esa época pierde las plumas de la nuca, su pico tomará un tono amarillo verdoso al igual que las patas y todo su cuerpo adquiere un tono pardusco a rayas, especialmente el cuello, lo que le facilitará un enorme mimetismo entre la vegetación. Tiene costumbres más bien solitarias.


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Ahora nombraremos las tres aves con hábitos crepusculares y nocturnos. Comenzaremos por la menor.

Se trata del Avetorillo común (Ixobrychus minutus), de solo 38 cm. de longitud y 58 de envergadura. Es la más pequeña de todas las ardeas de la Albufera. Muy difícil de ver por su gran camuflaje y su inmovilidad entre la vegetación palustre.










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Ahora continuamos con el Martinete (Nycticorax nycticorax) de 65 cm. de longitud y 112 cm. de envergadura, con hábitos nocturnos, solo los podremos descubrirlos en momentos crepusculares. Su cuerpo ovalado y de color gris, luce su píleo y manto negro, donde se contrastan algunas plumas blancas que le cuelgan de la cabeza de forma elegante en su época de reproducción. Sus patas tienen un color rosado fuerte que adquirirán un tono amarillento al terminar su época de reproducción.


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Pero solo nos queda una, la más difícil de descubrir, yo aún no la he conseguido, solo he tenido oportunidad de escuchar muy cerca de mí, y me saltaba el corazón.

Se trata del Avetoro común (Botaurus stellaris).
De librea y costumbres similares al Avetorillo común juvenil, pero le diferencia su mayor tamaño. Sus medidad son: longitud 75 cm. y envergadura 125 cm.
El reclamo es un sonido muy grave cada dos segundos y si nos  encontramos cerca apreciaremos también sus inspiraciones. La guía Jonsson lo describe muy acertadamente: "recuerda al que conseguiremos soplando por la boca de una botella vacía".
Normalmente se encuentra sumergido en la espesura de los cañares y carrizos y cuando se siente acechada, estira el cuello y la cabeza y perfectamente camuflada con la vegetación.
En una de mis pacientes acechos, llegué a tenerla tan cerca que escuchaba el sonido de sus inspiraciones y el profundo y repetitivo reclamo. Pero por más que esperé no conseguí verla.
Esta foto que muestro fue realizada a distancia, navegando por el lago. Regresamos para repetirla a conciencia pero había desaparecido. Aún sigo sin saber a ciencia cierta si se trata de un Avetorillo o la mítica Avetoro. La postura que adoptó fue la clásica de camuflaje para estas dos escurridizas aves.
Algún día y con mucha suerte espero poderos mostrar esta misteriosa y singular garza para nuestro regocijo.

Fotos del autor.

Manolo Ambou Terradez
                                     

                                




martes, 14 de noviembre de 2017

CASTELLAR DE MECA (POBLADO ÍBERO)


UNA HISTORIA GRABADA
 EN LA PIEDRA
  La riqueza arqueológica que dispone la Península Ibérica es tan grande que no conseguimos dar abasto con nuestros modestos medios económicos para salvarlos, desde los complejos trámites para autorizarse prospecciones arqueológicas por técnicos, simplificados rápidamente para instalar junto a ellos, o incluso sobre ellos, las altivas torres eólicas y sus accesos; pero sigo viendo que el dinero manda.
Todos sabemos, que la mayoría de poblados íberos se construían en los altos para su defensa, y claro, es el lugar ideal para montar muchas de las torres eólicas y disponer de la mejor captación de los vientos, e incluso sin percatarse de que muchos de estos lugares son pasos obligados para la migración de las aves que, si ya no tenían suficiente con los escopeteros, también les toca lidiar con estas enormes aspas en movimiento.
Pero siempre hay alguna excepción, y por suerte, se han salvado los restos de algunas poblaciones íberas, que nos muestran la historia, a poco que nos esforcemos.
Toma aérea con el recorrido de la vía y los principales puntos del yacimiento del Castellar de Meca.
Hacía ya muchos años que visité un yacimiento en Ayora (Valencia), muy cerca de Alpera, de lo que sin duda fue una de las poblaciones ibéricas más importantes, sobre el puntal de la Sierra del Mugrón, el Castellar de Meca.
Aparcamiento y al fondo el collado de acceso. 
He dormido al pié de las dos jorobas de la sierra, entre las cuales subiré mañana cuando amanezca. De madrugada me dispongo a visitar este asentamiento. Ahora, unos carteles y señales me conducen hasta el inicio del Camino Hondo, y tras superar la ligera pendiente, aparecen las primeras huellas entre el monte bajo de esparto.
Fuente al pié de la cueva del Moro.
Una milagrosa fuente, arropada por una higuera, desprende su modesto chorrito de agua, que llena el abrevadero tallado en un bloque rectangular de piedra ahuecada. Con paciencia, termino de llenar mi cantimplora; el agua está fresca.
Escalera de ascensión rápida al poblado.
A mi derecha hay una escalera tallada en la roca para subir al poblado, pero prefiero seguir la ruta de los carros.
Un grupo de cabras hispánicas se han adelantado y observan mi paso silencioso, discreto y sosegado (paso corto y mirada larga).

 La erosión ha destruido a trozos el camino, que sin embargo conserva su suave pendiente adivinando su trazado. Poco después, los vestigios se notan más claramente, comienzo a ver en la roca viva los trazos rectos tallados por las herramientas. Ahora ya, más adelante, contemplo de forma continua las profundas huellas que dejaros los carros con sus llantas de hierro en la caliza.
Comienzo a sentir una gran emoción al apreciar el arduo trabajo que realizaron para tallar este singular camino, conforme asciendo se va haciendo más profundo el tajo con una pendiente continua de un 30%, muy bien trazada.
Bloques de la destruida defensa y al fondo parte de la muralla de gruesas piedras talladas.
Alcanzo algunos restos de muros defensivos construidos con gruesas piedras perfectamente talladas. Aquí debía de encontrarse la puerta con torres defensivas, cerrada al paso de carros romanos con gruesas piedras trabadas, en las que ya no se aprecia huella alguna de los carros. 
Durante mi ascenso aprecio una serie de oquedades junto al camino, que debieron ser la base de pequeñas habitaciones.
  

Pero ahora, el Camino Hondo se sumerge en la roca en un tajo de varios metros de profundidad y unos dos metros de anchura. Las huellas producidas por los carros penetran en la roca unos 30 centímetros, siglos de acarreos, a lo que debió ser un importante centro económico.
En la base de las paredes distingo una serie de concavidades, dispuestas para encajar trancas de madera, para impedir que los carros recularan, mientras los animales se recuperaban ante el desmesurado esfuerzo. En el centro de las rodadas veo oquedades realizadas para la mejor adherencia de los cascos de las bestias.
Algo más adelante, el camino totalmente emparedado en la roca, cambia el trazo en dirección opuesta con una fuerte curva, a derechas, ciento ochenta grados, que me llevan impresionado directamente a la meseta donde ubicaron la población, a unos 1050 m de altitud sobre el nivel del mar. La vista es magnífica. Desde aquí dominaban un gran territorio.
El poblado esta como siempre, como lo conocí, sin restauración alguna, salvo la señalización de su situación y acceso, pero sin intento de orden en sus esparcidos restos, sus piedras.
Meseta de la ubicación del Castellar de Meca. En el puntal la acrópolis.
Pero allí, tallado en la roca, excavado en ella, quedaba para la historia su magnífica huella, escrita en la caliza, en una ocupación casi plana, en un espacio de 800 metros de largo por unos 300 en la parte más ancha, aproximadamente 15 hectáreas repleta de piedras que en su momento formaron paredes.
Enormes piedras talladas de la muralla.
Este lugar fue ocupado por diversas civilizaciones desde la edad del Bronce en el siglo VI a.C., los propios Íberos del siglo IV al III a.C., los romanos desde el siglo II al I a,C., y luego una ocupación medieval, que posiblemente desapareció a causa de la peste negra a mediados del siglo XIV.
Bifurcación de acceso a otras calles.
Pero la huella más clara de su ocupación, la muestran los íberos, con ese Camino Hondo, formidable acceso a la meseta, en su tiempo defendido por algunos muros y de forma natural por su agreste fisonomía, también por numerosas excavaciones para viviendas, posibles graneros, aljibes y los canalillos para la recogida del agua, imprescindibles en su subsistencia, forman la mayor constancia íbera en este importante asentamiento.
Ahora estoy atravesando el yacimiento, repleto de pequeños trocitos de cerámica, que van desde la era de bronce hasta la musulmana. Sigo en dirección oeste, sin dejar de apreciar las trazas en el suelo que dejaron los carros hasta las viviendas y almacenes, repartidos por aquella altiva meseta. Esta red viaria resulta ser la más importante de la Península Ibérica de la época prerromana. Numerosas piedras dispersas, debieron componer los muros básicos de las construcciones. Me siento envuelto en la historia.

Al sur, encuentro una enorme fosa llamado “El Trinquete” de 29 x 5 con una profundidad de unos 14 metros, nos da una capacidad de almacenaje de 2000 metros cuadrados, bien defendido en este atalaya.

 Sigo apreciando habitaciones, escaleras, aljibes, pesebres, abrevaderos y depósitos, pero ahora, casi al final del yacimiento y cerca del extremo próximo a la acrópolis busco otro depósito muy grande que aún recuerdo, que estaba saliendo del yacimiento.

 Lo encuentro más abajo de la planicie y pienso debió recoger gran cantidad del agua sobrante a juzgar por su tamaño. Es impresionante. Se encuentra a la derecha del camino de descenso, está muy a la vista. En su borde aprecio una oquedad que debió servir de abrevadero para los animales.
Ahora paso a la margen izquierda de la barrancada, y en su descenso me lleva a una escalera de fuerte pendiente tallada en la roca viva con quince peldaños, que pronto me dejan sobre la fuente, modesta pero refrescante.  Sobre mí, un grupo de grajillas parece que me despiden con sus característicos graznidos, que haciendo eco en el atalaya se repiten, mientras dejo a mi espalda este trozo de historia bien grabado en la roca del Mugrón.

Fotografías del autor.

Manolo Ambou Terradez