martes, 27 de marzo de 2018

PALACIO DE LOS CONDES DE CERVELLÓN





LA PEQUEÑA
ALHAMBRA VALENCIANA

Esta vez voy a mostraros un precioso edificio, sorprendentemente desconocido para la mayoría de ciudadanos de la Comunidad Valenciana, y mucho más para el resto de españoles.
Se trata del Palacio de los Condes de Cervellón en la localidad de Anna / Valencia / España / Europa.


La reconstrucción de las ruinas de este viejo castillo del siglo XII se terminaron en el año 2007. Sus primeras referencias datan de 1244 al otorgar Jaime I de Aragón junto con las Villas de Anna y Enguera a la Orden de Santiago. Mas tarde pasa a manos de Borjas en 1604 cuando el Rey Felipe III concede a D. Fernando Pujades Olim Borja y a su esposa como Condes de Anna. Tras el terremoto de 1748 cambia de manos, al vendérselo en 1890  a D. Ricardo de Trenor Bucelli. 
En 1980 el ayuntamiento decide recuperar para uso municipal el edificio (que se encontraba en muy mal estado), recuperando en su reconstrucción todo el ambiente histórico que ostentaba durante el tiempo que se mantuvo vigilante sobre el río Sellent.


Así renace de sus ruinas este palacio singular que contiene su parte gótica, otra barroca y la más excepcional, la musulmana.



Los detalles que enriquecen todos los rincones desde la talla de sus puertas hasta el hermoso patio Nazarí nos dejan completamente impresionados.
Alzar la vista hacia el techo de la entrada o en el pabellón musulmán es francamente espectacular.



Columnas y capiteles Nazaríes, preciosos zócalos de mosaicos esmaltados, policromías, delicadas tracerías en yeso, hermosas vidrieras protegidas por artísticos enrejados que cierran con detalle los espacios en el pabellón musulmán.



El resto del edificio barroco y renacentista está equipado también con decorados y muebles correspondientes a su época, quedan en comparación, con un aspecto austero eclipsados por esta extraordinaria artesanía musulmana.

La adquisición y última restauración de este palacio por parte del Ayuntamiento ha tenido un objetivo muy claro, convertirlo en su Centro de Difusión Patrimonial al albergar sus tres museos: el Etnológico, en la caballeriza del Palacio; el Arqueológico, pronto será inagurado en la tercera planta del torreón;  y en el del Agua, situado en el aljibe, se cuenta la historia del agua tan importante para Anna: canalizaciones para el riego agrícola, molinos harineros y más tarde para diversos usos industriales.








Soy solo un admirador del arte, no un experto y por ello creo que las imágenes pueden completar mi admiración a este gran esfuerzo económico y cultural que ha realizado el Ayuntamiento de Anna para preservar su historia.




























Fotografías del autor.

Manolo Ambou Terradez

miércoles, 17 de enero de 2018

BISONTE EUROPEO (Bison bonasus)

EL BISONTE REAPARECIDO en BIALOWIEZA
  Desde niño, una de mis grandes aficiones siempre ha sido el conocimiento de la fauna que nos rodea y un especial interés por aquellas especies ya extinguidas. Así que no fue de extrañar que al visitar por primera vez las originales pinturas rupestres de Altamira en 1972 quedara completamente asombrado, como les ocurrió a sus descubridores cien años antes en 1879, la niña de ocho años de edad María y su padre Marcelino Sanz.

Estas magníficas representaciones de bisontes, pintados de una forma tan realista, y artística, me confirmaron así su existencia en la Península Ibérica 14.000 años atrás dentro del Magdaleniense.

Muchos años después y con ese aumento de información cultural que progresivamente nos fue llegando, pude enterarme de la existencia de algunos ejemplares vivos en Europa, entonces casi extinguidos.
Primero por la desforestación: las intensas talas por el uso de la madera y la liberación de la foresta para la conversión del hombre como agricultor y ganadero.
La caza excesiva: con el tiempo y aunque parezca contradictorio llegó a protegerlos, por un decreto que prohibió su captura, reservándola solo para la realeza.



Esta normativa estuvo en vigor hasta la Primera Guerra Mundial, pero durante este terrorífico conflicto estos animales sirvieron para alimentar a los soldados y las poblaciones huidas y escondidas en los espesos bosques de Lituania, Polonia y Rusia.

Yo aún no conocía que los bisontes estuvieron presentes desde los bosques cántabros y navarros hasta gran parte de Rusia, o que el último Bisonte de nuestra Península fue muerto en el siglo XII. Solo conocía su presencia en América del Norte, así que fue un estupendo y regocijante descubrimiento para mí.

Pronto conocí los planes de recuperación de este formidable animal. En 1923 se instituyó en Polonia la “Compañía internacional de Defensa para el Bisonte” apoyado por la ONU en 1966 por ser especie protegida en peligro de extinción.

Hoy día, como fotógrafo de naturaleza, no podía ignorarlo y decidí buscar esta especie en Polonia en la Reserva Nacional de Bialowieza, junto con cuatros compañeros de “armas” que tenían el mismo objetivo.

Hacía muy poco que en España se estaba consiguiendo su reproducción en una localidad palentina de San Cebrián de Mudá, traídos de esta reserva, yo quería asegurarme de fotografiar ejemplares de edad, de gran tamaño, imponentes, su máxima representación.


Sabíamos que normalmente se agrupan las hembras, crías y jóvenes machos en pequeñas manadas, pero los grandes machos, más solitarios, en reducido número; alguna pareja o poco más.
A todos nos interesaban los ejemplares más grandes, por lo que debíamos buscarlos en el oscuro bosque caducifolio, cosa nada fácil por su gran espesura sin despreciar los claros, donde en ciertas ocasiones salen a pastar, a diferencia del bisonte americano que lo hace habitualmente en las interminables praderas de aquel continente.


El guía local, con extrema precaución, equipado también con su cámara, nos llevó a un claro donde solía verlos en algunas ocasiones, al no encontrarlos proseguimos su búsqueda realizando un recorrido circular por el bosque, donde teóricamente debían estar escondidos. Encontramos sus huellas, escarbaderos y rascaderos, apreciando su pelaje marrón arrancado por la rugosidadades de las raíces de un árbol caído, pero no dábamos con esos enormes bultos obscuros entre la espesura, Continuaríamos la búsqueda al siguiente día.

Estaban adaptados a encontrar su alimentación en el bosque, especialmente en los abedules, donde comían sus hojas, corteza, lo mismo que césped, líquenes, hierbas bajas, raíces e incluso setas, así que era allí dentro donde debíamos descubrirlos, con el inconveniente para el fotógrafo por la escasa luz, la espesura y las nubes que ocultaban la luz del Sol durante toda nuestra corta estancia.

Comenzaba a clarear cuando partimos con el todo terreno de un nuevo guía por el parque, caminos de tierra repletos de profundas huellas completamente congelados. Esto nos facilitaba nuestro avance eludiendo el barrizal.
En algunas paradas los prismáticos del guía oteaban los rincones del bosque, donde suponía debía encontrarse alguno de estos solitarios bisontes. En los prados cosechados algunos rollos de heno habían sido degustados por los bisontes, prueba evidente que acostumbraban a frecuentar aquel territorio.

En cierto momento nuestro guía para el coche, mira con los prismáticos y descubre un ejemplar, nos lo comunica en silencio, por señas. Entusiasmados bajamos del vehículo con el equipo y silenciosamente lo seguimos.

Al fondo, en un rincón del bosque junto a un prado, un enorme bulto oscuro nos miraba inmóvil. Debíamos encontrarnos a unos trescientos metros del animal.

Pegados al bosque, sigilosamente, fuimos acercándonos. De vez en cuando parábamos para disparar las cámaras, apoyados en los trípodes poco extendidos, acortando cada vez la distancia que nos separaba de este ungulado, que pastaba sin perdernos de vista.

Cuando nos acercamos a unos cien metros del animal, lentamente fue desapareciendo dentro de una estrecha franja del bosque que lindaba a un gran prado. Nuestro guía nos hizo una señal y agachados y en silencio salimos al claro, mientras nos indicaba con los dedos que eran dos bisontes.


El prado, completamente inundado y totalmente congelado, crujía bajo nuestras botas. Arrodillados sobre la escarcha y el hielo, apoyados en nuestros trípodes, esperamos que los animales salieran del bosque y nos mostraran sus magníficas siluetas.
Cada uno tomó una posición para la espera. Emocionado mi dedo índice, desnudo, acariciaba el obturador algo impaciente y nervioso. 

Una cabeza marrón con cuernos, más bien cortos, apareció de la espesura, seguido de un voluminoso cuerpo de casi tres metros. Debía de pesar unos 900 kg. Tenía las patas más largas que el americano, su cruz que se alzaba unos dos metros, más alto que el americano, con pelaje algo corto y pardo y cierta giba. Nos lanzaba miradas pausadas y atentas, pero no le debimos parecer peligrosos, porque continuó avanzando hacia el centro del prado congelado. Ahora las cámaras echaban humo.

Poco después apareció el compañero, que siguió las mismas pautas del primero. No se si mi mano derecha, desnuda, temblaba de frío o de la emoción. Eran como los retratos pintados por aquellos geniales artistas en Altamira. ¡LO HABÍAMOS CONSEGUIDO!